Mi plaza se ha despertado vestida de flores de invierno tardío que anuncian tiempos de bonanza para quienes aman la primavera. Los ciruelos negros estallan en corolas rosadas antes de mostrar sus hojas brillantes, pero oscuras. Es como la risa alegre y efimera que deja un rescoldo dulce en el alma cuajada de penas y dichas y añade valor al plato positivo de la balanza. Aunque todos sepamos que florecen antes que los demás árboles su estallido de color llega siempre como una dulce sorpresa. Igual que el beso inmotivado, el regalo fuera de aniversario, la palabra de amor inesperada o el descubrimiento de la lealtad duradera.

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