Mi plaza se ha despertado
vestida de flores de invierno tardío
que anuncian tiempos de bonanza
para quienes aman la primavera.

Los ciruelos negros 
estallan en corolas rosadas
antes de mostrar sus hojas 
brillantes, pero oscuras.

Es como la risa alegre y efimera
que deja un rescoldo dulce
en el alma cuajada de penas y dichas
y añade valor al plato positivo de la balanza.

Aunque todos sepamos 
que florecen antes que los demás árboles
su estallido de color llega siempre
como una dulce sorpresa.

Igual que el beso inmotivado,
el regalo fuera de aniversario,
la palabra de amor inesperada
o el descubrimiento de la lealtad duradera.











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